Este artículo va a ser una crítica gastronómica, bueno, dejémoslo en crítica. El tema es que se ha puesto muy de moda el mundo gastronómico y como suele pasar, todos se quieren subir al tren haciendo incluso lo que no saben hacer porque creen que por participar en lo que está de moda les dará monedicas y un posiblemente dudoso éxito.
Para ser un crítico gastronómico no vale con ir a muchos restaurantes, ni vale con repetir lo que otros periodistas han escrito en alguna revista, periódico o blog, ni vale comparar lo que uno come con lo que cocinaba su abuela. No vale con eso. A mi parecer, uno tiene que haber estado metido en una cocina pasando calor, detrás de una barra pensando que siempre llegas tarde, porque tienes a 4 comensales sedientos mirandote con cara de perder el tren, debes haber servido albóndigas caseras y tienes que haber servido aire de foie-gras con gelatina de moscatel y crujiente de almendra del bajo aragón, o por lo menos, y repito por lo menos, si no tienes nada de todo esto, no hagas como si lo tuvieras. Alto y claro: Pido un poco de sinceridad con uno mismo a la hora de practicar un arma tan peligrosa y dañina como la crítica en el mundo de los resaturantes.
Después de esta introducción calurosa, os quiero contar lo que me pasó hace 2 semanas en un restaurante perteneciente a un chef inglés de prestigio internacional por su programa televisivo, sus libros y su trabajo en la cocina y como gestor de restaurantes. Os hablo de Jamie Oliver.
Yo conocí a Jamie Oliver por su programa televisivo en el año 2004. Me pareció una revelación que un chico jóven, él tendría 26 años, se moviese ante la cámara con una naturalidad plasmosa y presentase el programa desde la cocina de su casa sin limpiar ni una sola vez la tabla de cortar durante el proceso de elaboración de una receta, que se le viese comprando los ingredientes en el mercado, carnicero, pescatero, etc. y que después se le viese compartir el resultado con obreros, surferos, niños en el colegio, etc. Lo que es la vida real, vamos. Una revelación y revolución contra el purismo de los demás programas de cocina en los que todo va a ritmo de blues, las chaquetillas de cocina siempre acaban impecables y siempre aparece una pija con sonrisa de operada para comentar lo que acabas de cocinar.
Jamie Oliver a sacado varios libros, sobretodo de cocina italiana, todos muy recomendables, y ha creado varias cadenas de restaurantes. Uno de los restaurantes lleva el nombre de 15 ( Fifteen ) y surgió con la intención de dar formación a gente jóven que no sabe que camino tomar, darle una ocupación, una ilusión y un posible futuro laboral. Jamie Oliver empezó el proyecto con 15 trabajadores y por ello el nombre.
Lara y yo fuimos un sábado lluvioso a probar el desayuno inglés. Chris, mi jefe del St Johns, me había recomendado el local como uno de los mejores espacios para disfrutar el conocido plato combinado basado en fuevos fritos o revueltos, salchichas, panceta, alubias en salsa roja, tomate y champiñon a la parrilla, en Londres.
La zona en la que se haya el restaurante es una zona gris y triste de Londres llamada la City en la que los fines de semana pasa más bien poco. Lo cual significa que la llegada al restaurante no es la más atractiva.
Una vez llegado al espacio abres una puerta de cristal con una " tela de araña" , de esas que salen tras tirar una buena piedra contra un vidrio.
Tras una pequeña recepción una voz te pregunta que qué quieres y al pedir una mesa para desayunar te señalan con el dedo una a lo lejos. Puesto que es un sábado lluvioso de una semana en la que llevas trabajando duro 5 días sin parar, te decides a ignorar una recepción tan poco personal y te sientas a disfrutar. Recibido el menú, con una oferta gastonómica poco destacable menos la oferta de zumos de frutas naturales, pedimos 2 desayunos completos ingleses, 1 bloody marry y 1 zumo de frutas. Yo me iba fijando en los detalles del espacio y el servicio y había dos cosas que destacar. El espacio, decoración, iluminación y distrubución de mesas era correcto, unas lámparas demasiado bohemias rompían un poco la línea, pero como no soy decorador no profundizo, y segundo, no había percibido ni una sonrisa por parte de ninguno de los trabajadores. 4 camareros parecían estar pansandoselo cojonudo mientras Lara y yo seguíamos sin nuestra bebida después de 5 minutos. El zumo de frutas de Lara estaba muy bueno, mi Bloody Marry insípido, demasiado picante agresivo del Tabasco y decorado como una bailarina en el carnaval de Rio de Janeiro.
La comida llegó " lanzada" por unos camareros que ni nos desearon buen provecho. Lo único destacable del desayuno inglés la calidad de las salchichas. El pan tostado frio y húmedo, la panceta blanda y las alubias inexistentes, porque no habían.
lara quiso pedir otro zumo y casi se nos hizo imposible porque no había un/a camarer@
que nos mirase. Recibimos la factura sin un mínimo gesto de hospitalidad ni de intreés de como había ido el desayuno. Pagamos, claro, 36 libras más 12,5 % del servicio. Unas 42 libras. Por 2 desayunos.
Yo he ido a bastantes restaurantes de muchos tipos. Unos que me han gustado más, otros que me han gustado menos. Unos en los que he pagado más de lo que esperaba y otros en los que he pagado menos de lo que esperaba. Unos a los que volvería y otros que nunca recomendaría. Pero lo de aquel día fue demasiado, así que tuve que quejarme.
Pedí hablar con el Manager y le expliqué que estaba profundamente decepcionado con la experiencia en el restaurante, que el servicio era inexistente, que tenía fantasmas en vez de camareros, que era un insulto a la profesionalidad, que Jamie Oliver da siempre la sensación de alegría e ilusión en sus apariciones y que esto era todo lo contrario y que ni yo ni nadie que me pidiese una recomendación iríamos a un resaturante gestionado por Jamie Oliver y lo más importante que a mí me podía dar igual,pero que a él le debería interesar mucho lo que yo le estaba diciendo.
El Manager se disculpó muchas veces y nos dejó ir a intentar mejorar el día en otra parte.
Una mala experiencia la tiene cualquiera y no se puede generalizar, pero a ver que pensáis de esta pregunta: ¿ Es compatible la cantidad con la calidad? Si creeis que sí, ¿ Me podéis dar un ejemplo ? ¿ Puede un chef que tiene un restuarante con éxito, porque ha trabajado duro y sabe hacer las cosas bien, montar 20 o 10 o 5 localidades ofreciendo la misma calidad manteniendo su nombre y reputación?
Espero que hayais llegado hasta este punto del artículo y que me ayudéis a responder a estas preguntas.
Esta va para los periodistas críticos gastronómicos.